Hoy lunes se conoce como #BlueMonday (o lunes triste) y se le atribuye el título del día más deprimente del año.
La idea nació en 2005, cuando un pseudocientífico afirmó que el tercer lunes de enero concentra una mezcla perfecta de frustraciones: Los propósitos de Año Nuevo que ya no avanzan como esperábamos, el regreso pleno a la rutina, las deudas que no desaparecieron con el brindis de fin de año, las facturas que siguen llegando, el gimnasio que aunque abierto solo lo vimos cuando pasábamos de ida al trabajo, el cansancio acumulado —hayas viajado o no— y la sensación de que la próxima Navidad está demasiado lejos como para sostener la ilusión.
Y, sin embargo, la vida real nunca es tan simple… nunca se da que llega un día específico y todo cambia.
La realidad es que hay etapas, hay días, en las que algunas cosas funcionan mejor de lo previsto: El trabajo fluye, el reconocimiento aparece, la estabilidad se sostiene, el amor está presente. Y al mismo tiempo, hay áreas que pesan: El cuerpo no responde como antes, la energía baja, la disciplina cuesta, las amistades se distancian, los proyectos personales parecen estancarse, la economía no avanza como uno quisiera o se queda en pausa por factores que no controlamos.
Es decir, en la vida lo normal es que tengamos una mezcla constante de luces y sombras.
Por eso, este lunes —aunque lo llamen “el más triste del año”— no necesariamente tiene que serlo. A veces no es tristeza lo que sentimos, sino cansancio. O incertidumbre. O simplemente conciencia de que no todo está donde quisiéramos que esté… todavía.
Y aquí viene el punto clave: El AGRADECIMIENTO.
Cuando uno empieza a agradecer lo que sí está, incluso lo pequeño, algo cambia. No porque los problemas desaparezcan, sino porque dejan de ocupar todo el espacio. Los planes pueden fallar, pero los caminos se abren. La vida no se ordena de golpe, pero avanza. Y uno entiende que vivir no es tener todo resuelto, sino aprender a sostener lo bueno mientras se trabaja en lo que falta.
Tal vez el antídoto para el Blue Monday no sea negar lo difícil, sino abrir los ojos, reconocer las bendiciones que ya tenemos, agradecer que seguimos aquí —vivos, presentes, con planes, proyectos y personas a las que amar y atraer— y recordar que, incluso en los días grises, siempre hay más razones para seguir que para rendirse.