Dos palancas al frente

Person driving yellow tractor on narrow metal bridge over river in forest

Hay algo que no sé si es normal o no, pero existen pocas cositas que recuerdo de niño, realmente pocas. Y de entre esas cosas, hay una escena que nunca olvido, una escena que parecería que me hubiera ocurrido ayer.

Imaginen esto: Los Yungas, Caranavi, un puente en construcción… y mi papá ahí.

Para quienes no lo conocieron, mi papá era ingeniero civil. Pasó buena parte de su vida construyendo caminos, puentes, carreteras y quién sabe cuántas cosas más. Y en uno de esos proyectos, cuando yo era apenas un niño, terminé pasando un tiempo con él.

La verdad, no recuerdo muchos detalles. Pero si recuerdo dónde comíamos, si recuerdo la plaza del pueblo… y lo que más recuerdo, la escena de la cual les contaba, es la de un tractor… un tractor de orugas, de esos grandes, creo que era marca Caterpillar, es más, ¿acaso hay otra marca? 😊 Pero bueno… era uno de esos enormes… de esos que, cuando uno los ve desde abajo, parecen monstruos de acero amarillo imposibles de mover.

¿Y qué recuerdo? ¿Cuál es la escena? Pues yo, sentado arriba, en las piernas de mi papá, con el operario al lado. Ruido de motor, orugas avanzando sobre piedras que se trituran bajo el peso, que se abren a los costados por el andar de esa maquina… y el rio frente a nosotros, uno grande y caudaloso… y nosotros cruzando con el tractor.

Y recuerdo que alguien —ya no sé si fue mi papá o el operador del bicho ese— me mostró cómo funcionaban las dos palancas y me hizo manejar ese tractor: Dos hacia adelante y el tractor avanzaba. Dos hacia atrás y el tractor retrocedía. Una adelante y otra atrás … y el tractor giraba.

¡Era increíble! Yo era un niño y estaba manejando una máquina enorme.

¿Qué era lo más impresionante? No era la fuerza del tractor, sino la suavidad con la que avanzaba. Las piedras se movían debajo de las orugas. El río parecía inmenso. Todo parecía difícil. Pero el tractor avanzaba con una facilidad que parecía magia… como si abrirse camino fuera lo más natural del mundo.

¿Saben? Durante años pensé que ese recuerdo era importante porque era un tractor bajo mi mando. Sin embargo, hoy creo que estaba equivocado. Hoy creo que ese recuerdo se implantó ahí porque mi papá estaba en él. Porque ese día, sin saberlo, mi papá me estaba enseñando cómo vivir…

Mi papá era un hombre grande. Y no me refiero a su estatura, porque él era chiquitito. Me refiero a otra clase de grandeza. A esa clase de grandeza humana que te convierte en un gigante, aun cuando seas de baja estatura.

El ingeniero Mario Chacón era de esas personas que siempre sabían qué hacer. Tomaba decisiones. Dirigía. Mandaba. Resolvía. Si había un problema, uno sentía, sabía, que él encontraría una manera de salir adelante.

Pero detrás de toda esa grandeza, de esa fuerza, de ese tamaño que era tan difícil de alcanzar, había algo que siempre me llamó la atención… algo que recién hoy estoy entendiendo… algo que vi el último día que él caminó:

Mi papá vivía jugando.

Quienes lo conocieron seguramente saben de qué hablo. Cuando caminaba, muchas veces no caminaba. Daba pequeños saltitos… como si estuviera jugando, saltando. Iba de aquí para allá, como si siempre tuviera prisa por llegar al siguiente lugar.

Y eso siempre me pareció curioso. ¿Por qué hacía eso?

Hoy creo que tengo una respuesta. Una respuesta que quiero contárselas:

Porque para él la vida era un juego.

Pero, ojo, no un juego sin importancia. Sino todo lo contrario:

El juego más importante de todos… pero un juego al fin.

Un juego lleno de dificultades, de problemas, de etapas… un juego donde muchos perdían, donde la mayoría no avanzaba más allá que unos cuantos niveles… pero que él los pasaba y seguía avanzando. Saltito a saltito. Reto tras reto. Nivel tras nivel. Jugando.

Jugando… hasta hace apenas un par de días.

Solo un ejemplo: Mi papá tenía 86 años y seguía manejando. Yo le decía que ya era hora de dejar el volante. Que era peligroso. Que cualquier rato se chocaría o, peor aún, chocaría a alguien. Y él me miraba con esos ojitos que le brillaban y simplemente se reía, ji ji ji… claro que se reía… y seguía jugando…. ¿Me siguen?

Incluso el miércoles pasado, cuando lo llevé al médico, al salir de su seguro de salud, había una pequeña rampa. Se sostuvo de la baranda. E, increíblemente, comenzó otra vez.

Tac.

Tac.

Tac.

Sus pequeños saltitos. Como si el tiempo no hubiera pasado. Como si todavía tuviera una partida pendiente.

– ¡Te vas a caer! – Le dije, casi le grité… y el me vio y sonrió.

Los últimos días, mientras estábamos despidiéndolo, me di cuenta de algo. De rato en rato mis hermanos y yo, mis hijos, mis sobrinos y muchos de los que estábamos ahí, nos encontrábamos contando historias, sonriendo, incluso riéndonos. De rato en rato unas lágrimas, pero mucha paz. Y no era porque no nos doliera. ¡Vaya que nos dolía! Lo que pasa es que nosotros conocíamos al jugador.

Sabíamos cómo jugaba. Sabíamos cómo enfrentaba los problemas. Sabíamos cómo avanzaba cuando el camino parecía imposible. Y por eso, además de llorarlo, también lo estábamos celebrando.

¿Saben por qué?

Porque jugó bien.

Muy bien.

Porque amó profundamente. Porque construyó puentes reales y también puentes invisibles entre las personas que estábamos ahí.

Porque formó una familia. Porque dejó amigos. Porque dejó recuerdos. Porque dejó historias. Porque dejó huellas.

Y porque, si al final de la partida alguien lleva la cuenta de este juego llamado vida, estoy convencido de que mi papá terminó con uno de los puntajes más altos que se pueden obtener.

Por eso no puedo imaginarlo quieto. No puedo imaginarlo simplemente desapareciendo. Yo lo imagino exactamente como era.

Dando saltitos.

Solo que esta vez no hacia adelante.

Sino hacia arriba.

Mirando por encima de una nube. Curioseando qué hay más allá.

Sonriendo. Con sus ojos brillando… probablemente buscando a alguien con quien hablar… con quién tomar un café, comer unas empanadas… o invitar sus famosos buñuelos… o todo junto.

Y seguramente, en algún momento, volteando a mirarnos y diciendo:

– ¿Qué hacen ahí parados? Apúrense. Todavía falta mucho por hacer. Hay muchos niveles por pasar.

¿Y sabes qué, Pá?

Ahora, mientras tú sigues dando saltitos por allá, acá nos quedamos tus hijos.

Tristes.

Agradecidos.

Orgullosos.

Y haciendo exactamente lo que nos enseñaste:

Dos palancas al frente.