A cuatro mil kilómetros de Cochabamba

Hoy le pedí a una inteligencia artificial que me hiciera una imagen por el Día de Cochabamba.

La idea era sencilla: el Tunari atrás, el Cristo de la Concordia, algunos lugares reconocibles de la ciudad y yo adelante, convertido en caricatura.

La IA entendió casi todo, excepto por un pequeño detalle: me dibujó mujer 😂.

Pero no solo eso… el Tunari parecía una montaña de cualquier parte del mundo, aparecieron unos arcos monumentales con la palabra “Cochabamba” que, hasta donde llegan mis 53 años de memoria, jamás han existido y, por ahí, había edificios que tenían ese aire de “esto debe ser Cochabamba”, pero que ningún cochabambino habría podido ubicar ni aunque le dieran tres intentos.

Me reí. Y después pensé algo: Quizá Cochabamba es mucho más difícil de dibujar si uno no la conoce y no la tiene impresa en su memoria.

Digo, porque Cochabamba no es solamente el Cristo de la Concordia, ni el Tunari, ni la Plaza 14 de Septiembre, ni El Prado, la Recoleta, Cala Cala o la cancha; ni siquiera la Casa de Campo, que para algunos de nosotros podría perfectamente ser considerada un patrimonio 🙂

Y para mí tampoco podría explicarse sin Queru-Queru, sin el poderoso Amerinst, sin mi grupo Murray Dickson, ni sin el Ceibo que vino después, donde en ambos aprendí que ser scout era más que ponerse un uniforme y salir de campamento.

Tampoco es solamente la salteña de la mañana, el silpancho, el pique o el chicharrón, aunque mantengamos esa maravillosa costumbre cochabambina de pensar que cualquier problema, absolutamente cualquier problema, puede resolverse alrededor de una mesa con demasiada comida.

Cochabamba es algo mucho más difícil de poner en una imagen.

Es abrir los ojos por la mañana y buscar el Tunari casi por reflejo, cruzar media ciudad y encontrarte con alguien conocido, que te pregunten si ya has almorzado para ofrecerte algo de comer a media tarde y quejarnos cuando hace frío, cuando hace calor y cuando llueve, mientras seguimos convencidos, porque de esto no hay duda, de que tenemos el mejor clima del mundo.

Dicen que nací en Potosí. Dicen. Está escrito por ahí y supongo que debe ser cierto, pero hace mucho tiempo llegué a una conclusión bastante menos científica y mucho más mía:

Uno nace donde está su primer recuerdo.

Y mis primeros recuerdos están aquí.

Así que perdónenme los documentos oficiales, pero hay una parte de mí que siempre estará convencida de que nací en Cochabamba.

He tomado miles de fotografías y Cochabamba aparece en muchísimas de ellas y, sin embargo, increíblemente, nunca he tenido un álbum que se llame simplemente “Cochabamba”. Tengo proyectos, eso sí. El de las luces de Navidad, América, dedicado a la fotografía callejera de nuestra avenida América, y tantos edificios, esquinas, calles y lugares emblemáticos que he ido fotografiando y que siguen esperando convertirse algún día en algo.

Quizá, acá pensando, sin darme cuenta, durante todos estos años no estaba fotografiando Cochabamba. Estaba fotografiando mi vida en ella.

Y están mis cafés. Muchísimos cafés. Porque buena parte de mi Cochabamba también está hecha de charlas de café, de conversaciones largas, de decisiones tomadas con una taza delante, de recuerdos que regresaron sin haberlos llamado y de esos sábados sin demasiado apuro en los que me siento a pensar, escribir, recordar, mirar pasar gente o simplemente vivir.

Quizá por eso nunca hice aquel álbum. Porque Cochabamba nunca fue para mí un destino al que había que salir a fotografiar. Era simplemente donde estaba viviendo.

Aquí crecí, estudié, trabajé, hice mis mejores amigos desde el colegio, vi crecer a mis hijos, aprendí a amar los colores de Wilstermann, fui scout, emprendí, me enamoré, me equivoqué, volví a empezar, volví a enamorarme, hice nuevos amigos y perdí personas que amaba.

Aquí aprendí, me equivoqué, volví a aprender y volví a equivocarme y, en medio de todo ese caminar, fui construyendo buena parte de lo que hoy soy.

Y después de conocer otros lugares, de viajar, de irme y volver tantas veces, terminé descubriendo algo que seguramente ningún cochabambino necesita demostrar con un ranking:

No existe mejor ciudad que Cochabamba.

Y, curiosamente, nunca había escrito sobre ella.

Quizá porque uno escribe mucho sobre los lugares que descubre y muy poco sobre el lugar que siente suyo.

Hoy estoy a cuatro mil kilómetros de casa. Y tal vez por eso la veo un poquito mejor. Porque desde aquí puedo pensar en el Tunari, en Querú-Querú, en una mesa de café cualquiera, en la avenida América, en mis amigos, en mis hijos, en mi nieto, en la mujer que amo o en uno de esos sábados absolutamente normales, y entender que probablemente ahí, precisamente ahí, estaba lo extraordinario.

La inteligencia artificial podrá inventarse montañas, edificios y hasta cambiarme de sexo. 😂

Pero hay algo que todavía necesita que se lo expliquemos:

Cochabamba no es una colección de lugares.

Es nuestra gente, nuestros recuerdos, nuestros sabores, nuestros amigos, nuestros muertos, nuestros amores, nuestros sábados, nuestros cafés y todas esas pequeñas cosas que, de tanto tenerlas cerca, terminamos creyendo que son normales.

Hasta que nos vamos.

Y las extrañamos.

Cochabamba es esa extraña sensación de mirar el Tunari y saber que estás en casa.

Feliz 14 de septiembre, mi Llajta.

Después de tantos años fotografiándote, caminándote, queriéndote y viviéndote, algún día tendré que sentarme a escribir sobre ti.

Aunque, pensándolo bien…

creo que hoy acabo de empezar.

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